El tiempo entre Cafés (parte II)
Entro por la puerta de algo a lo que yo llamaría cárcel,
otros más coloquialmente lo llamarían cafetería o lugar donde se sirven café o
en su defecto vinos, licores y esas cosas con grados de alcohol.
Lo primero que hago al entrar es ver a los cuatro muertos de
sueño de siempre intentando beberse un café más caliente que la lava de un
volcán. Pero bueno, yo me dispongo a cambiarme de ropa en un lugar donde
comparto vestuario con cajas de Martini y vinos varios, ¡ah! Y un saco de
patatas de Álava, entre multitud de cosas más. Un lugar con una luz
insuficiente, pero la suficiente como para cambiarse de ropa, o tropezarme con
algo, después golpearme con unas grandes
estanterías con cajas de vinos y que me caiga alguna en la cabeza y por
desgracia muera de un golpe seco. Pero vamos, es solo una suposición. Dios no
lo quiera. Ni los empresarios incompetentes que son como buitres.
Y bueno, comienza mi jornada laboral al pisar el suelo que va hacer que desgaste zapatilla a base de
pisada por aquí y pasada por allá.
Pero oye, que no voy a decir que todo es tan terrible, lo
bonito de este trabajo es que conoces gente maravillosa, que hace que veas la
vida con una perspectiva feliz, que no aguantes las ganas de servirle un café a
esa señora que te llama cariño con tanto amor, que a veces dudas si será tu
abuela o una clienta, o el señor con bigote que te cuenta como enamoró a su
esposa en la plaza de su pueblo. ¡Porque servir un café puede ser algo
maravilloso! Estoy de broma, era muy irónico todo. Ahora va en serio,
comenzamos.
Son las 9:40, es ese momento del día en el que imaginar que
llegue la hora de salir de aquí, es como estar en las alturas de un avión y
creer ver a un amigo tuyo porque has visto un punto que se mueve en tierra.
Algo así como, ¿lejano? Eso sería poco, muy poco. En fin.
A lo que iba, son las 9:40, es el momento de dejarte llevar
por aquellos clientes que te piden diferentes tipos de cafés, en diferentes
lenguas muertas, en lenguas indígenas. Y tú, como un buen camarero preparado y
con una licenciatura en idiomas inventados les comprendes, y tienes el poder de
saber lo que te piden, ¡es un privilegio! Por ejemplo: Ponme un café pequeño
cortado corto, pero muy corto de…. Leche. De ¡café! Ponme un café grande con
leche, un café solo de café. En fin, dejemos el tema del café para la siguiente
lección de cómo pedir un café sin dejarte la vida en ello.
Son las 10:30, es el momento en el que la madre de mi jefe
entra por la puerta de la cafetería. Puede parecer a primera vista una pobre
anciana amable y tierna, que va hacer todo lo posible para que te sientas
cómodo en tu lugar de trabajo. Pues va ser que no.
Va ser algo así, como vivir en un Gran Hermano durante las
próximas horas que me restan de jornada laboral.
Esa inofensiva anciana, se va sentar inocentemente en una
mesa en frente de la barra con el periódico y su café descafeinado con leche
hirviendo, pero hirviendo como las hormonas de un adolescente. Y por supuesto
su cruasán a la plancha con una pizca de mermelada de melocotón. Qué buena
pinta eh, el que va estar planchado va a ser otro y sin mermelada.
Está sentada ahí mismo, en frente de la barra, en frente de
mí, en frente de todo lo que haga yo a partir de este momento, sus ojos ya no
ven otra cosa, que a mi pobre cuerpo revoloteando como una mariposa silvestre
en una jaula de grillos. Ya no tengo escapatoria, su mirada está pegada a mí.
Son las 11:30, a partir de esta hora comienza una especie de
transición café - aperitivo, ¿Qué quiero decir con esto? Que es el momento en
el que la gente va dejando de lado el café y poco a poco van pidiendo vinos,
cervezas etc. Desde un Blanco Rueda a un Crianza Enate y pasamos de cruasán a
la plancha, a pincho de tortilla o mini bocata de jamón. A esta hora suele
venir un hombre que de lo único que puedes hablar con él, es del tiempo, hoy
hace frio, parece que menos que ayer, parece que va llover, han dado lluvia,
ayer decían que iba a nevar. Más o menos por ahí anda la cosa, acompañado
siempre de su cerveza sin alcohol. Yo creo que una cerveza sin alcohol es algo
así como antinatural, es como querer una
flor que no huela a nada. Algo artificial. Pero vamos, no soy el más indicado
para hablar de Alcohol, ya que en mi estómago no hay cabida para él.
También a esta hora concreta, llegan unas adorables jovencitas de 70 años
que hacen que este momento sea algo agradable y es que, hacen algo que pocas
personas en su sano juicio harían, me refiero a eso que enamora a un camarero,
eso que hace que no desgastes suela de zapatilla, eso que merecería el premio
nobel de la paz, me refiero al mayor acto de bondad que puede haber en un bar,
recoger la mesa y traer las cosas a la barra para que tú mueras de amor en ese
instante mientras sirves un café.
12:10, digo 12:10, porque es una hora concreta, en el que
aparecen dos señoras que entran por la puerta diez minutos después la una de la
otra y cuando digo siempre, es siempre,
y no van juntas, lo curioso de este fenómeno paranormal es que son
mujeres de unos 50 años con olor a cenicero, mujeres con una solo objetivo en
este inquietante momento, que al pedirme sus respectivas bebidas, un Zurito y
un Blanco Rueda, esperan ansiosas las
esperadas patatas fritas que se obsequian
con cada bebida que se sirve. Verlas devorar esas patatas es como ver un
documental de monos devorando los bananos caídos de un árbol. ¡Espeluznante! Cuenta
la leyenda, que hace muchos lustros un inocente camarero olvido obsequiarles con
dichas patatas y jamás volvieron a saber nada de él. ¡Insólito!
12:30, la hora en el que mi estómago comienza a producir
sonidos de hambruna. Sí, es la hora de almorzar para mí. Siempre intento comer
algo que me llene lo suficiente para no sufrir debilidad las horas que me
restan. En ese momento aproximadamente entra por la puerta una chica con unas
gafas enormes, yo la llamo amablemente la chica del café, ¡no falla! Todos los
días toma café, y no uno, ni dos, sino tres incluso cuatro en la misma mañana.
Es la chica del café. No hay nada que le impida tomar café. La cafeína corre
por sus venas.
13:30, momento comidas y algún despistado a tomar el
aperitivo, a partir de esta hora comienzas a ver la luz al final del
túnel, y es que te llenas de esperanzas
al pensar que solo te faltan 3h para cumplir la penitencia. Pero no es
recomendable pensar más de una vez en ello, vivir con esa esperanza
durante 3h puede ser horrible, la
esperanza es muy peligrosa y puede volver loco a un hombre. Es mejor vivir los
minutos sin pensar en la libertad, ya que esto podría acarrear una larga espera
que nadie desearía en mi situación.
14:00, hora de comidas a lo bestia, comienza el caos para
mí, 8 mesas repletas de gente hambrienta por un menú o un plato del día, si les
das la mano es posible perder el brazo. El estrés se apodera de mí. Por no
hablar de los nombrecitos con los que apoda cada plato mi señor jefe; ropa
vieja, chuletitas de ministro, anchoas en libro. En fin, lenguajes desconocidos
de la hostelería. Lo divertido de esto, es que el camarero de turno les tiene
que explicar que plato hay oculto bajo esos jeroglíficos aztecas.
14:30, chica del café regresa a por su tercer café, mientras
tanto, la barra se satura de veteranos de guerra con ansia de tintos del año y
crianzas, acompañado de algún pincho de tortilla entre otros. Todo esto se une
con el enjambre de personas que hay sentadas en las mesas hablando de 101 temas
diferentes, mientras tanto mi persona siente la fuerte presión por todas
partes, en ese momento me siento como una hormiga en un hormiguero, pero siendo
la hormiga que tiene que repartir la
comida recolectada durante el invierno. Sólo imaginémoslo.
15:00, creo estar muerto, pero he sobrevivido a la cruz como
dios nuestro señor. Me han azotado, me han torturado y hasta me han agobiado,
pero poquito a poco va saliendo el sol
tras aquellas nueves negras que se habían apoderado del día. Queda 1 hora, 1
hora para respirar aire puro y suspirar libremente en aquel lugar llamado
libertad, o más conocido como calle. ¡La calle es mi libertad!
15:15, momento recogida, comienza la recogida de platos
sucios y cubiertos con trozos de ropa vieja. ¿Qué bien suena eh? En este
momento, intentas no perder las formas mientras se te cae un trozo de patata
frita del plato. Todo va bien, o eso me digo a mi mismo mientras veo la
fregadera llena de platos con trozos de comida humedecidos, ya que mi jefe
quiere desalojar rápidamente las mesas. La fregadera parece un vertedero después
de unas fuertes lluvias. Esto es así. Pero
imaginemos que es un juego, un juego donde por cada trozo de comida que
encuentres te dan 5 puntos, entonces vas viendo que probablemente tendrías más
puntos que España en Eurovisión.
15:45, comienza la cuenta atrás, a partir de esta hora debo
agotar las pocas fuerzas que me quedan en dejarlo todo como los chorros del oro.
Barro, limpio, coloco, etc. No hay momento para detenerse, cada segundo cuenta.
15:59 Mi pobre esperanza desgastada no puede ni creerse que
al fin llegó la ansiada hora de la libertad. Y mientras me dirijo a cambiarme, a despojarme
de mi uniforme de preso, una voz áspera y desagradable entra por mis oídos para
decirme que aún no son las 16:00, esa voz proviene de esa señora que por si
nadie se había dado cuenta, no me ha quitado ojo de encima desde el momento que
se ha sentado ahí, delante de todo lo que hago, y es que la libertad sólo está a un minuto y
creí saborearla ya, ¡pobre de mí!, y maldito sea ese minuto miserable que me
falta.
16:00, ¡Al fin soy libre¡ ¿O quizás no? Algo se escucha a lo
lejos y es alguien pidiéndome un Café cortado corto pero corto, de… ¡Café! Y es
que en hostelería no hay hora de salida, pero si horas eternas que parecen no
tener un fin.
-
¡Marchando ese café corto pero muy corto de…
libertad!
Continuara…


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