Romance Gitano

 Tenía dieciséis años y el mundo era tan pequeño como mi pueblo en Extremadura. Las tardes de verano se dilataban entre partidos de fútbol con mi amigo en un descampado, donde el sol golpeaba la tierra y no se oía más que el eco de nuestras risas.


Fue allí donde la vi por primera vez.


Caminaba con una amiga, con ese andar firme y ligero que tienen algunas chicas cuando no quieren ser vistas pero desean ser notadas. Tenía la piel morena como la tierra húmeda tras la tormenta, y unos ojos verdes imposibles, como si alguien hubiese atrapado la primavera en una mirada. Me miró, sonrió tímidamente, y siguió su camino. Yo me quedé quieto. El balón rodó solo.


La segunda vez fue en el mercado. Yo cargaba bolsas con desgana, y ella vendía algo en un pequeño puesto. Nos volvimos a mirar, y en ese cruce silencioso hubo un reconocimiento antiguo, como si algo en nosotros ya supiera lo que iba a pasar.


Un día, mientras jugaba al fútbol, su amiga se acercó. El pueblo dormía bajo la siesta, y solo el zumbido de las chicharras nos hacía compañía.


—A Carmen le gustas —me dijo—. Si quieres, podéis veros hoy, al caer la tarde, fuera del pueblo.


Asentí sin pensarlo. Había miedo, claro. Ese miedo eléctrico que precede a lo extraordinario.


—Ten cuidado —me advirtió mi amigo—. No te metas con gitanos. No sabes de lo que son capaces.


Pero yo no quería saber. Yo solo quería verla a ella.


Eran las ocho. El sol aún se aferraba al cielo como un naranja maduro. Carmen llegó sola. Tenía la sonrisa de quien se atreve a algo prohibido. Hablamos. Me preguntó de dónde era. Le hablé de otras ciudades, de otras gentes. Y noté en ella una curiosidad callada, como la de un pájaro que nunca ha salido del nido.


—Las gitanas debemos obedecer a nuestros padres —me dijo—. Casarnos con un gitano, tener hijos, seguir la norma. Pero yo no quiero eso. Yo quiero elegir.


Y entonces, me gustó más todavía. No por lo que decía, sino por cómo lo decía: con un susurro que era también un grito.


Quedamos al día siguiente, en el mismo lugar. Fui temprano, con un libro bajo el brazo: Robinson Crusoe. Lectura obligatoria del colegio, aunque yo la vivía como una isla secreta. Ella llegó vestida de verde aceituna. Me preguntó qué leía. Le expliqué. Me pidió que le leyera.


Nadie me lo había pedido antes.


Le leí un fragmento. Hablaba de cocos, bananas y peces. Ella apoyó su cabeza en mi hombro.

—Lees muy bien —susurró.


Me confesó que apenas sabía leer, que le costaba, que nunca la habían enseñado bien. Pensé en lo injusto que era nacer en un mundo que ya decide por ti.


Terminamos la lectura y nos miramos. Me acerqué. La besé. Ella puso una mano en mi nuca, y fue como si todo el verano nos cayera encima en ese instante. El sol bajaba y no existía nadie más.


Comenzamos a pasear por el pueblo, de la mano. Las miradas eran como cuchillos, pero no nos importaba. Ella me dijo que nunca había querido tanto a nadie.

—Quiero casarme contigo —me dijo.


Me quedé callado. Yo también la quería, pero tenía dieciséis años. ¿Casarme? Ni siquiera tenía aún la Play 3. No supe qué responder. Solo la besé. A veces, un beso basta.


Pero el verano no perdona la felicidad.


Al día siguiente, ella no vino. Esperé en la piedra donde solíamos sentarnos. El cielo se apagaba y el viento olía a abandono. Me fui con la luna. Esa noche no dormí.


Al día siguiente, mientras jugaba, aparecieron tres gitanos. El mayor tendría unos diecinueve. Me rodearon. A mi amigo le ordenaron que se fuera. Me arrinconaron.


—Si vuelves a acercarte a nuestra prima Carmen, te rajamos.


Una navaja rozó mi cuello. El miedo me inmovilizó. No dije nada. No fui valiente. Solo temblé.


Me encerré en casa. Fingí estar enfermo. Tres días sin salir. Pensando. Recordando. Sintiéndome cobarde.


Mi amigo vino a verme.

—Te lo dije —me lanzó con desprecio.

—Déjame en paz —le respondí.


Conté los días para marcharme de aquel pueblo.


Y llegó el momento. Metí mis cosas en el coche. Mientras nos alejábamos, miré por la ventana: las calles, las fuentes, el campo… Y allí estaba. Carmen. Sentada en la piedra. Nos miramos por última vez. Su rostro era sombra, su mirada un adiós.


Alzó la mano. Yo también lo hice. El coche siguió.


Nunca más la volví a ver.


Pero a veces, cuando el verano vuelve y el aire huele a tierra seca, me acuerdo de Carmen. De sus ojos esmeralda. De su voz suave. De aquella tarde en que, por un momento, el mundo fue solo nuestro.


Comentarios

Entradas populares